Desde la escuela que sufría de depresión. Noche a noche deambulaba despierta por su cuarto, deseando una comunión eterna con el silencio opaco y su luz apagada. Hacían ya, cuatro años desde que Luis, en agonía, le había encomendado el cuidado de su única hija. Y ella simplemente no se supo capaz. Era inevitable recordarla abandonando el umbral del amplio portón frontal en manos de quienes se hacían llamar sus tíos, y venían a su mente las manos de antonieta, aferradas casi ya solubles y mezcladas con sus sentidas pero inocentes lágrimas.
Ese martes siguiente se levantó con el pecho abombado, vacío. Segundos después recordó que más tarde vendrían sus padres a almorzar y lamentaba su buena memoria. La última vez habían hablado de lo aburrido de los comerciales de la franja y se habían desgastado hasta el cansancio entorno al escándalo familiar; hija estás flaca porque no comes vente a vivir con nosotros rehace tu vida no quiero nada de eso déjenme en paz está bien. Sólo podría esperar lo mismo esa noche, sentarse perdida en sus pensamientos, absorta frente a las ocurrencias apocalíptico-políticas de sus padres.

No tenía espejos en ningún lugar de la casa y sorprendida recibió uno de su padre al final de la comida, junto con el consejo de no situarlo en su cuarto. La sorpresa de aquel consejo era sólo sobrepasada por el abrazo de su madre. Se sentía como primer día de clases, como despedida de solteras, como una cama sin sábanas.
El espejo era ovalado a lo ancho, mas ella había decidido que sería ovalado a lo largo, y no podía sino imaginarlo en su cuarto en la pared opuesta al ventanal.
El cuadro de la virgen yacía futíl en la pared tras la partida de Luis y parecía el lugar perfecto a cubrir; claro, ya ninguna imagen la ayudaba sino la de ella misma, sería una nueva era, pensaba.
Al otro día, casi como de reojo miraba el espejo al pasar y fingía sorpresa. Podía pasar tardes enteras con el espejo sobre sus piernas tratando de encontrarse. Por momentos sentía que podía ver lo que Luis logró ver en ella y no podía evitar sonreír, por fín había logrado ver con sus mismos ojos y se sentía acompañada por algo más que un recuerdo. Había decidido no cerrar los ojos, no podría hacerlo después de haberse reunido consigo misma, con ella y su viva imagen. Se había convertido en ella y en todos a la vez. Su cara lucía radiante, no habián defectos, el corte en su mejilla formaba parte de su naturaleza, como aquel precipicio en cascada que había visto el pasado octubre. Esa noche no sintió la necesidad de dormir, estaba demasiado iluminada con lo que había visto y de pronto se hacía la idea de entrar a trabajar otra vez. Su vida había cobrado un giro y no podía sino atribuirlo a su encuentro fortuito, encuentro que no planeaba terminar en el futuro inmediato.
Dos semanas transcurrieron desde su descubrimiento. En el techo la ovalada piedra como lo había decidido trece días atrás. Noche a noche deambulaba despierta por su cuarto deseando una comunión eterna con el silencio opaco y su luz apagada...




